Nueva obra de Nissim Sharim:
El Grito artístico del Ictus
Eduardo Guerrero del Río.
LA TERCERA
LA OBRA ES UN TRABAJO SERIO, CREATIVO, LÚCIDO. LOS CUATRO ACTORES SE DESTACAN, REFLEJANDO NATURALIDAD Y VERDAD. DE ESTA FORMA EL GRUPO ICTUS SIGUE ENTREGANDO UN PRODUCTO DE CALIDAD Y, ADEMÁS, DEMUESTRA UNA CONSECUENCIA CON SUS PRINCIPIOS ARTÍSTICOS Y POLÍTCOS. |
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Quiérase o no, por diversos motivos y después de mucho tiempo en la escena nacional (cincuenta años), los estrenos del grupo Teatral Ictus provocan siempre una natural expectación. Sin duda, los tiempos han cambiado desde su aparición, y, sobre todo, desde la época -en que por los hechos políticos del país (la dictadura)- se constituyeron en lo que se llamó "un espacio de libertad". A su vez, la mayoría de los integrantes, abandonaron el buque, pero -merced al ímpetu de Nissim Sharim y de quienes se integraron en el último tiempo al colectivo- nuevamente el Ictus tiene algo y mucho que decir en el momento actual de nuestro Teatro, tanto por el afianzamiento de la llamada creación colectiva, como por la calidad y profesionalismo de sus propuestas.
Ahora y tal y como el nombre lo señala, el referente ha sido el cuadro El Grito, del pintor noruego expresionista Edvard Munch (1863-1944), pintura que se encuadra dentro de su obra capital El Friso de la Vida: en específico se relaciona, con el robo de dicha obra artística hace dos años. En todo caso, mas allá de las vinculaciones de Munch con algunos dramaturgos (Ibsen y Strindberg), es importante destacar ciertos motivos presentes en su pintura (la soledad, la muerte, el erotismo y, sobre todo, la angustia existencial), que se reflejan en la propuesta teatral.
A esto se añade, en relación con El Grito (1893), lo social, (un grito tanto individual como social), es decir, la crítica a la nueva forma de organización socioeconómica de la época.
Independiente del asunto que conforma el espectáculo -exposición en la Casa de la Cultura, incluyendo ese cuadro robado, se entrecruzan otros textos, en especial de Miller, Brecht y Tabori, procedimiento |
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| que el colectivo había empleado anteriormente (Okupación). Sin desconocer, tal vez, ciertas conexiones que se traducen en la presencia de personajes "que son víctimas del atropello de sistemas políticos y económicos" (Sharim) desde una perspectiva dramatúrgica, esto no se evidencia con demasiada claridad, por lo que, en una primera instancia, queda la sensación de una cierta hibridez. Por otra parte, junto con este grito de los humillados y marginados, se hace latente -con un dejo de ironía- una crítica general en torno al tema de la cultura.
Apelando al humor, a la interacción de diversos lenguajes artísticos (lo teatral con lo pictórico), a la interpelación indirecta con el público, a la teatralidad (iluminación, música, espacio escénico) y, como siempre, a las actuaciones, el montaje de El Grito, manifiesta un trabajo serio, creativo, lúcido. Los cuatro actores se destacan en lo individual y en lo colectivo, reflejando naturalidad y verdad. De esta forma, dentro de un sistema teatral heterogéneo, con propuestas de muy distinta índole, el grupo Ictus sigue entregando un producto de calidad y, además, en lo esencial, demuestra una consecuencia con sus principios estéticos y políticos, en lo que el propio Nissim Sharim ha considerado como "un rechazo a un mundo que aplasta y que enajena".
No cabe duda que la contemplación de una pintura como "El Grito" provoca más de una lectura, sumado esto a esa expresión de dolor del personaje. En ese contexto, Ictus efectúa su propia lectura, dándole a ella una connotación artística. Una doble metáfora. |
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Robo con guante blanco
Juan Antonio Muñoz H.
EL MERCURIO
| Siempre coincide con el Ictus. La actualidad relativa -el robo del cuadro de Münch- se vitaliza con los hechos que ocurren en Chile. "El grito" es una pieza que busca hablar de los ladrones con guante blanco, del mal uso de los dineros públicos y de la corrupción institucional. Nada mejor, entonces, para estos tiempos tan corruptamente deportivos. |
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Nissim y Paula Sharim, Roberto Poblete y María Elena Duvauchelle, basados en el robo de la famosa obra pictórica, intentan una reflexión acerca del arte, pero sobre todo consiguen dar cuenta de cómo se resuelven las cosas a nivel de municipios, de cómo el arte se usa como pantalla y que finalmente no importa en absoluto el valor real de las cosas (estético, incluso comercial) si no se consigue otra cosa: éxito, relevancia en los medios, votos.
La corruptela entonces es general, y se observa tanto en el desempeño de cargos públicos como a nivel íntimo.
En la ocasión también se habla acerca de lo que ellos llaman "la máquina de moler |
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carne": las vidas perdidas en medio del ajetreo social, cómo ni siquiera los artistas escapan de la producción en serie, los trabajadores mayores desechables. Ya que en este marco surgen los marginados, hay guiños a "La muerte de un vendedor viajero" y a "La mujer judía". Estas escenas resultan forzadas en un texto que privilegia la farsa; también el estilo de actuación cambia, lo que está bien, pero no alcanza a producirse la necesaria unidad.
Como siempre, el grupo de actores es sólido, aparte de que todos demuestran pasarlo tan bien haciendo teatro que conquistan de inmediato al público. |
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Ictus grita ¡Qué pasa con la Cultura!
Romina de la Sotta.
BUENAS ACTUACIONES Y UN MONTAJE REFLEXIVO SOBRE LA CULTURA Y LA BUROCRACIA QUE LA RODEA, SIEMPRE FIEL A SU ESTILO PROPIO OFRECE LA COMPAÑÍA ICTUS, EN "EL GRITO". DIRIGE NISSIM SHARIM. |
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Las actuaciones son muy buenas, a la compañía Ictus se le nota el oficio en cada sílaba, en toda mirada. Sus gestos invitan a acompañarlos, a tomar partido por el lado desde donde ellos están estirando la cuerda. En los textos, sin embargo, la mayor fortaleza está en las inflexiones absurdas, en los puntos donde se encuentran dos visiones de mundo |
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Diferenciar entre la cultura y la burocracia de la cultura; y develar cómo la corrupción está presente como una hiedra venenosa en cualquier aparato administrativo local, es una noble tarea, sobre todo cuando se hace cargo de ella un grupo teatral que tiene bastante experiencia en plasmar realidades que damos por hecho, obligándonos a reconocer que no todo tiene que ser tal como es, y que el mal menor suele ser un pretexto barato.
Es lo que hace la compañía Ictus en su nueva creación colectiva, El grito, en la sala La Comedia. Una casa de la cultura municipal está a punto de inaugurar una muestra y aparece, entre una decena de pinturas, un cuadro idéntico a la obra de Edward Munch que fuera sustraída hace algún tiempo de un museo en Oslo. Y este descubrimiento es apreciado de maneras muy distintas por cada persona involucrada. Por un lado está el encargado de la casa de la cultura, una especie de profesor buena gente y bien intencionado, aun cuando algo pueril y con cero voluntad o capacidad de decisión, que es interpretado convincentemente por Roberto Pobrete. Por otro, el nuevo director del establecimiento, un ignorante funcionario de carrera de esa especialidad multidisciplinaria que se llama estafa, un succionador de recursos públicos, amigo de sus amigos, y descaradamente cuico, en una interpretación bien divertida de Nissim Sharim.
También la alcaldesa se da cuenta de esta anomalía, tal vez el mejor personaje, por su simple frescura para detentar el poder de un municipio como quien administra un fundo. María Elena Duvachelle es igual a las esposas de los empresarios que pasan las compras familiares con facturas de la firma en el supermercado, llena también ella sus estanques con diesel exento de impuestos, y toma lo que pueda tomar, dictando sus órdenes más guiadas por el instinto patronal que por criterio profesional.
Esta paleta de figuras representativas de la sociedad chilena se completa con una joven artista comunal, una chiquilla descreída y algo insolente que se mueve cómodamente entre las mentiras sin ser ella particularmente falsa. La encarna Paula Sharim, creíble como siempre. |
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absolutamente contrapuestas, en la talla inesperada, en el fluido castellano real que se habla en la calle, puesto en medio de un discurso que coquetea quizás un poco demasiado con lo intelectual.
Sabemos que estamos hablando de cultura, de arte, pero podía haber sido sobre hospitales que no resuelven nada o el tráfico de exámenes en alguna universidad. Porque el conflicto nunca llega a desarrollarse, a pesar de que hay secuencias muy bien logradas, que conducen a mayores tensiones, al respirar profundo, como aquella escena donde el nuevo director de cultura lee en voz alta una biografía de wikipedia de Edward Munch mientras su empleado lee su prontuario criminal del que ha salido absuelto una y otra vez.
La impunidad, cierto es que da rabia. Y claro que nadie quiere que le sigan haciendo creer que cultura es sólo lo que hacen otros, y que debemos admirar a unos privilegiados desde nuestra medianez obligada. Y ese impulso empaliza con el público, claro está. Ictus sabe conmover a los espectadores y revolverles un poquito la conciencia.
No me parecieron pertinentes, eso sí, las inclusiones de selecciones de "La mujer judía", de Bertold Brecht, no me identifico con su desarraigo y su exclusión, su nostalgia del buen pasar burgués por una causa racial. ¿Quiénes son los excluidos hoy en cultura? Por el contrario, todo lo de la Muerte de un Vendedor Viajero, sí me pareció adecuado, porque profundizaba un poco en la problemática de lo pasajero, lo efímero en nuestra sociedad, la inutilidad de la experiencia, el anhelo de lo que alguna vez fuimos.
Los elementos mejor logrados son las frases divertidas, los diálogos de sordos entre quienes ven en la cultura un mercado y quienes respetan el arte como tal. Y siempre hace bien reírse de las manifestaciones colectivas de nuestra sique, por lo menos en ese momento recordamos que hay algo que nos une como nación.
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