Freud para Canal 13
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La obra Feliz Nuevo Siglo Doktor Freud que está representando el Teatro ICTUS y que ya entra en su séptimo mes de exhibiciones, nos muestra el famoso caso Dora muy conocido en las esferas de estudios e investigaciones científicas; pero la versión de ICTUS sobre un texto de Sabina Berman, nos ilustra esta historia en la intimidad de los sentimientos y conductas en un cautivante, dramático y humorístico juego de relaciones entre personajes que asumen diversas identidades de gran efecto teatral. |
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Esta obra está basada en un caso real que a comienzos del siglo XX tuvo que tratar el creador del psicoanálisis Sigmund Freud, conocido en los ámbitos científicos como "El caso Dora", a través del cual Freud intentó demostrar ciertos puntos de vista en relación a la histeria, pero sin alcanzar el éxito clínico que pretendía.
En efecto, la obra es una teatralización del caso Dora, la muchacha cuyo verdadero nombre era Ida Brauer y que en el año 1900 se sometió durante tres meses a un tratamiento con Freud. El investigador logró éxito en importantes comprobaciones, que le permitieron concluir que "la causación de las enfermedades histéricas se encuentra en las intimidades de la vida psicosexual de los enfermos y que los síntomas histéricos son la expresión de sus más
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secretos deseos reprimidos; pero el terapeuta no logró el mismo feliz resultado con Dora, pues el mismo Freud hubo de admitir en su época que no pudo descifrar el significado del misterio del deseo femenino.
La obra insinúa que la cultura patriarcal de la época le impidió al sabio una comprensión más profunda en torno al comportamiento sexual femenino, al mismo tiempo que registra y rinde homenaje a una las figuras de mejor relieve y creatividad del siglo XX.
Feliz Nuevo Siglo Doktor Freud ha sido dirigida por Nissim Sharim y cuenta con la actuación de María Elena Duvauchelle, Paula Sharim, José Secall, Roberto Poblete y el propio director, Nissim Sharim. |
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La Hora de Dora
León Cohen
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Cerca ya del final de la representación, "Dora", guiada por Sabina Berman, la dramaturga, le desea y anuncia con satisfactoria arrogancia un "feliz nuevo siglo" al Dr. Freud, su tenaz psicoanalista. En esta precisa ocasión es la paciente quien pone fin a la sesión. Abandona,con ello, en primer lugar, a la persona que la mira como objeto científico, como lugar de exploración y confirmación de la teoría, a aquel que la ha observado como una geografía dibujada de antemano en sus carencias e ilusorias ambiciones de acuerdo al mapa de su propio cuerpo de hombre. Deja, a continuación, al hombre que ha intentado violar su intimidad forzándola a creer las interpretaciones que se levantan de la teoría y que desecha, por principio, la realidad de la historia que ella le ha contado. Repudia también en ese acto a aquel que se suponía debía atenderla y ayudarla, como si fuera un padre y que la traiciona poniendo sobre ese deber, la conveniente alianza entre varones que se reparten beneficios y placeres entre sí..
La trinidad que abre y cierra la obra grafica la composición compleja de cada ser humano, la cohabitación simultánea del deseo, del deber y de la realidad. Hay un Freud que desea curar a Dora con las armas que surgen de su teoría, pero yendo con ansiedad más allá de lo que Dora sabe y afirma como su verdad. Dora está allí, con él y abre su inteligencia joven y seductora al entusiasmo del Doctor y espera que Freud la vea y, antes que nada, que le preste atención a su verdad, esa que ella ha escuchado y vivido, ese "oprobio" (Tiresias, Edipo Rey, Sófocles) que se destila en su hogar.
Pero el Doctor se encierra en su realidad académica y se defiende de sentir el "oprobio" que Dora trae al consultorio y a su cuerpo y que es la amenaza de la propia excitación sexual. Este encierro está construido de deber, de un apremio de padre ansioso por proteger a su hija, pero es un deber que no puede dejar de lado la satisfacción de su propia excitación, de esa desesperación e impotencia de niño que se aferra a las piernas de Frau F.. Es la misma ceguera y embriaguez que lleva a Herr K. a perseguir y a lanzarse sobre Dora, como un niño perdido y solo en medio de un túnel lleno de odio y resentimiento contra las mujeres. Es que Dora, como tantos hijos, lleva en sí el conflicto de los padres y el intento de rescatarlos del incendio que los destruye. Por ello es que la niña se lamenta de existir teniendo que depender de un padre que nada ve y una madre que nada entiende, y sobretodo porque esta pareja es la que dibuja la dramaturgia que se despliega en la escena interna de Dora, perfilando sus deseos de mujer y sus proyectos de hombre. Ese es el terror y lo que motiva la queja y la furia contra el estado de cosas, la intuición que esta dramaturgia la llevará a la inevitable repetición, a volver a actuar en su vida el dolor impotente de la madre y el engaño infantil del padre. |
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Ciertamente que los ecos de nuestras vísceras impregnan desde nuestro nacimiento las huellas que en nuestra memoria va dejando la percepción del mundo. Así no es extraño que los matices de las luces, las consistencias de los objetos, las temperaturas de los cuerpos, las intensidades de los sonidos y los dolores de la violencia de los estímulos y de las necesidades se transformen en composiciones en el pentagrama de nuestro cerebro. En éstas nunca faltan ni faltarán las notas producidas por el tañir de lo que secreta lo agresivo o lo sexual en nuestras neuronas. Por ello, en esa noche en que Dora sueña, el "alhajero" se alza como unas notas que componen la imagen de un receptáculo vital, de un "tesorito", una forma impregnada de las notas del impulso, de la emoción, de la agresión y la sexualidad, es decir, como un lugar donde va a dar lo deseado, por ejemplo aquello que se recibe y hereda del padre y que se usa como una hermosa joya, como una formidable obra o como una imponente creatividad, es decir, como aquello que Dora siente que el Dr. Freud le pudo dar a Ana y que resiente que su propio padre y el mismo Freud le hallan negado a ella.
Es la ceguera, otra vez, la tenaz ceguera propia de quien atiende a las cosas en modo esforzado y detallista, solo centrándose en el foco, en la salida del túnel, en vez de atender con desaprensión, con los brazos abiertos, sosteniendo lo real, dejándolo flotar en una danza en la que se pueda advertir lo evidente y lo sugerido, lo protagónico y lo escondido, el pene y la vagina. Es lo que pide Dora, nada más que eso, atención a lo real, a una realidad que no está en primer plano y que existe a la vuelta de la esquina, en definitiva que le crean lo que dice y así dejar de ser una enferma, una castrada, una loca.
Dora reclama lo que Lou Andrea Salomé no se atreve a plantear : la verdad de sus propios sentimientos y pensamientos. Dora exige que los hombres se hagan cargo de lo que ellos piensan y no lo impongan como si fuera eso la realidad de la mente femenina, que dejen de verla a ella y a las mujeres como si fueran hombres incompletos.
Dora es, a lo menos, dos mujeres. Una es la paciente del Dr. Sigmund Freud a la cual la dramaturga convierte en su protagonista, siguiendo su evolución hasta su final, es decir, hasta una vida adaptada en una "infelicidad general y difusa". Y otra, y la más relevante, es la joven arrogante que nos anuncia un nuevo siglo, el siglo en que la mujer será descubierta en su realidad por ella misma y por los hombres, dramaturgia que aún está en curso, dando brotes de significado, lenta e inexorablemente, a lo largo de todo el planeta. |
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