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Críticas Levántate y Corre (2011)

 
Nissim Sharim vuelve a subirse a una bicicleta en nueva obra del Ictus
El actor estrenó anoche Levántate y corre, montaje que hace un guiño al comercial de los años 80 donde le gritaban: "¡Cómprate un auto Perico!".
por Gabriela García - 22/07/2011 - 13:02
 
Levántate y Corre
 

Jacinto Molina, profesor encarnado por Nissim Sharim en Levántate y corre, está al borde del colapso. "Estoy hastiado de las locuras del siglo XXI, de las guerras, de las represiones, de las torturas, de los abusos de poder y la cultura del dinero", enumera sin respiro. Acto seguido, el protagonista, que se siente agobiado por el sistema neoliberal, encuentra consuelo: toma su bicicleta y emprende un viaje "al centro de la Tierra", como diría Julio Verne, o "a las espléndidas pesadillas" como afirmaría Borges, dos autores que le sirvieron de referente al grupo Ictus para su último montaje, estrenado anoche en la sala La Comedia.

"Hemos leído mucho para hacer este montaje. Desde poemas de Gonzalo Rojas, como Qué se ama cuando se ama, al mundo fantástico de Julio Cortázar y la mitología de James Joyce, porque el personaje es un Ulises: quiere volver a Itaca, pero esa tierra ya no existe", cuenta Sharim sobre la puesta en escena, menos costumbrista y realista que otras creaciones del Ictus, como Lindo país esquina con vista al mar, montaje de los 80 que fue remontado en 2010 y que narra el tenso clima social de la época.

Levántate y corre no se desliga de su imaginario político, pero esta vez lo aborda desde lo onírico. Así como el personaje de Emile Hirsch en la película de Sean Penn, Into the Wild, deja todo y se exilia en una casa rodante en la montaña, Jacinto se margina de su entorno y va enfrentando sus propios fantasmas a medida que pedalea hacia la muerte. "Está solo con sus vivencias, con los dolores que le heredó la dictadura y con sus alegrías de juventud. De a poco se produce en él la revalidación de sus amores, de sus creencias. Ese es el rayo de esperanza", cuenta el actor.

Sharim también es el director de esta obra en la que participan María Elena Duvauchelle en el rol de la esposa del colapsado profesor (Leonor), y Roberto Poblete en la piel de Clavel, un colega que irá tras él y lo intentará convencer de que el sistema neoliberal no es tan malo como parece. Juntos, descubren un mundo fantástico: el que Jacinto quisiera. "Es un Chile sin tanto atropello. Un país que se rige por valores humanos, no por el lucro y la codicia. El no quiere habitar la sociedad de los Chicago Boys, no cree en las cifras macroeconómicas. Quiere un país amoroso y donde la educación sea gratuita", explica.

El montaje, además, es un desahogo del propio colectivo, ya que según el actor, el Teatro Ictus, con más de 50 años de trayectoria, está viviendo su año más crítico. "Nunca tuvimos asegurado el financiamiento, pero al menos había una red de organismos públicos y privados que nos daban un mano los años anteriores. Ese canal cada vez existe menos. Yo ahora hasta corto los boletos", cuenta.

 
Fantasía, pero con los pies en la tierra
“Levántate y corre” y “Canaca” se mueven en el mundo de las metáforas y los sueños, pero también exhiben una potente conexión con la realidad.
por Leopoldo Pulgar Ibarra 11/08/2011
 
Levántate y Corre
 

En “Levántate y corre” es notorio el imperativo ético. “Ganar el cielo, salvar el alma”, como dice su protagonista, es una especie de oración que se reitera cuando desde el escenario se convoca al espectador a que cada uno tome las riendas de su vida.
Y no es sólo retórica. La compañía Ictus, que dirige Nissim Sharim, montada en la creación colectiva, su perfil histórico, realiza un viaje que sería sólo nostálgico si no fuera por la crítica a la sociedad actual que promueve su historia y el empuje vital de sus personajes.

Es cierto que la propuesta parte con un reclamo frente al lucro, la codicia, las guerras, la falra de respeto que rige al mundo moderno. Una situación más que incómoda, desesperada, que vive un profesor. Frente a la sociedad deshumanizada, el hombre opta por alejarse y buscar alternativas de vida. Y lo hace nada menos que en bicicleta, tal vez una metáfora para indicar que las cosas deben resolverse con imaginación y fantasía, pero también con los pies bien puestos en la tierra.
Y no va solo. Junto al Jacinto que interpreta Nissim Sharim, marcha también Clavel, encarnado por Roberto Poblete, que podría ser el lado b oculto del profesor o, simplemente, el demonio antagonista y simpático que defiende y valora todo lo que Jacinto rechaza. La gracia es que ambos viajan juntos y rompen todas las barreras que impiden estar en todas partes. Para eso necesitan sólo poner en marcha la enorme capacidad de juego del ser humano.

Apenas dos cubos de madera utiliza sobre el escenario el elenco, integrado también por María Elena Duvauchelle, Solange Treguear y Rodrigo Contreras. En este ambiente se narran diversas historias que aluden a los fenómenos que influyen en la vida actual -como la televisión-, una mirada que se hace a través de la ironía y el humor, que también resalta lo absurdo de algunas situaciones.
En este tránsito el elenco ocupa también el pasillo central de la sala, una planta de iluminación que subraya los momentos colectivos e íntimos; y una banda sonora extrovertida que a veces crispa o estimula lo fantasioso.

La experiencia y cancha sobre el escenario de Nissim, Duvachelle y Poblete son fundamentales para conectar y darle fluidez y sentido a este relato circular. Una obra que reclama, reflexiona e imagina con alegría. Y también con esperanza, ya que en el retorno a casa, al igual que en el largo viaje, resulta fundamental el “Levántate y corre” del título.

 
La Maratón de Jacinto Molina
El Ictus invita a otro periplo
por Savinio de Berger. Santiago, agosto del 2011
 
Levántate y Corre
 

“¡Levántate y corre!”.
En verdad, el mandato original tiene una vetusta edad bíblica. En la literatura neotestamentaria él aparece registrado en el último y más controvertido de los evangelios canónicos, el del apóstol Juan (el que según dicen algunos, era el discípulo favorito de Jesús), quien narra uno de los prodigios más conocidos y populares de su maestro, que acaece cuando este le da una imperativa orden médica a un enfermo, cuyas dolencias lo tenían casi cuarenta años pegado a la cama: “¡Levántate y anda!”, dice Juan que le dijo.

El título del nuevo espectáculo, creación colectiva, que el Teatro Ictus ofrece en estos días en su sala de calle Merced, es una variación bastante más categórica y urgente que aquella vieja frase del Libro.
“¡Levántate y corre!” es una proposición que el Ictus no sólo hace a los que aún les funcionan los oídos para oír, y quizá también los ojos para ver, sino ante nada a los que se niegan a olvidar la función de sus pies. Es una demanda de auxilio, una voz de suma urgencia que resuena in crescendo desde el comienzo hasta el final de esta, su nueva oferta escénica.

“¡Levántate y corre!” es el último llamado con que su conciencia obliga al profesor Jacinto Molina (Nissim Sharim) a endilgárselas a la región siempre incierta de los recuerdos. Antes de partir, él y su mujer, Leonor, (María Elena Duvauchelle), nos entregan una telegráfica declaración de principios (y finales) sobre el sentido de este viaje a todas y ninguna parte de la vida de un hombre que se decide a enfrentar la jodida tarea de preguntar y preguntarse. También Clavel, (Roberto Poblete), el ubicuo amigo-enemigo de Molina, nos expone a comienzos del viaje, la contabilidad de las razones que lo llevaran a intentar disuadir al profesor Molina de su deschavetada intención de realizar este trayecto retroactivo, huérfano de todo sentido práctico, según Clavel. Lo que sigue, el viaje mismo, es una poética caleidoscopía de nostalgias y frustraciones, culpas ajenas y delitos propios; un rebobinaje histórico de nuestros rollos más íntimos; una mirada contumaz a ese espejo mañanero en el baño cuando nos creemos solos. Desde su comienzo, este viaje de Jacinto Molina se anuncia como una aventura asaz trabajosa, porque ella nos conduce al escondido patio trasero de esas biografías que insistimos en llamar celosamente personales sólo para evitar reconocer la porción de (ir)responsabilidad que nos cabe a cada uno en el amasijo de nuestro destino colectivo.

Por cierto, el de Jacinto Molina no es un viaje a tierra de nadie, ni lo realiza sin ayuda cartográfica. Otros antes que él ya han estado allí y dejado sus huellas en esas estaciones y situaciones. Reconocemos el paso de Joseph K., por los pasillos eternamente circulares de unos tribunales ciegos; escuchamos los susurros de los detenidos desparecidos que aún flotan en el aire; nos alcanzan todavía los sentimentales ecos sangrientos de Lili Marleen. Al mismo tiempo durante ese viaje nos vuelve a rozar también la memoria del amor primero, de aquel tiempo en que nos preguntábamos en el dialecto de Chillán ¿qué se ama cuando se ama?; reaprendemos que es posible darle una vuelta al día en ochenta mundos; nos reencontramos en ese viaje de Jacinto Molina con la certeza de que no es un trabajo de amor perdido defendernos con alma y corazón del neocanibalismo que se afana en devorar lo que nos va quedando de alma y corazón.

El fin del viaje de Jacinto Molina pareciera terminar en el punto donde comienza, pero no es así. Fiel a su dialéctica e historia, el Ictus al final de su propuesta, lanza al rostro de quienes lo aplauden, una botella con un mensaje. Esta vez, es un recado a todos los que intentan el regreso a las Itacas de Kavafis: “no apures tu viaje. / Lo mejor es que dure muchos años; / y que desembarques, ya viejo en la isla / rico con lo que ganaste en la travesía”.

Naturalmente este nuevo opus del Ictus no es un panfleto moralista. Es un simple exorcismo de risa y poesía, un ejercicio de seso y amor contra la maligna trivialidad nuestra de cada día, una salvaguardia contra la precariedad mental de nuestros príncipes. El colectivo del Ictus muestra en esta nueva creación suya una mano segura y afortunada para guiar el relato escénico del viaje de Jacinto Molina con un texto inteligente sin miedo a las palabras ni a las ideas, y mucho menos a pronunciarlas. La puesta en escena (que lleva la firma de Nissim Sharim) prescinde prácticamente de todo aparato y artificio. Su materialidad es de una sencillez franciscana. La dirección se concentra y se hace fuerte en lo que bien tiene: un equipo de actores que asegura un efectivo juego compartido, en el que por supuesto brillan con luces propias los acostumbrados rendimientos individuales de Sharim, Poblete y Duvauchelle. Junto a este viejo tercio sin embargo, Solange Treguear y Rodrigo Contreras, en roles instrumentales de más hueso que carne, cumplen bien y sin ningún mérito menor con lo suyo. Las deficiencias acústicas de la banda sonora y el pobre inserto visual-digital no logran mermar la ganancia indiscutible con que el espectador abandona la sala, pero sirven para recordar algunas de las muchas necesidades materiales con que el Teatro Ictus arrastra heroico su supervivencia. Cuenta Juan en su evangelio homónimo que cuando su Maestro, a orillas del lago mágico de Bethesda, le ordenó al enfermo “¡Levántate y anda!”, lo hizo para curarlo de su enfermedad. Cuando aquí en Santiago el Ictus nos recomienda: “¡Levántate y corre!”, es más o menos para lo mismo.

 
Levántate y Corre: Un llamado a despertar
El Ictus invita a otro periplo
por Paz Escárate Cortés, periodista. Santiago, octubre del 2011
 
Levántate y Corre
 

Levántate y corre es el título de la más reciente producción del Teatro Ictus. Con más de cincuenta años de prolífica vida artística, este montaje es nuevamente un grito poético de esta compañía dirigido a los chilenos y su manera de asumir la vida. Jacinto Molina (Nissim Sharim) quiere salvar el alma y para eso huye montado en una vieja bicicleta: Sharim vuelve a ser el “Perico”, al que le pedían que se comprara un auto para dejar de ser un “patipelado” en los años ochenta, vuelve a ser aquel que solo tenía por bienes un ramo de flores y su amor por Ismenia. El protagonista emprende su viaje, ligero de equipaje, únicamente con sus recuerdos y con la certeza de lo que no quiere. Y se interna en la oscuridad. “Entre la pena y la nada, me quedo con la pena”, le dice a su amigo Clavel (Roberto Poblete), quien, por encargo de Leonor, la mujer de Molina (María Elena Duvauchelle), lo sigue en su loca ruta. Clavel es la antítesis de Molina: exitista, superfluo, cobarde. Sin embargo, se quieren. En una excelente interpretación, Poblete interpela al público mediante la risa y la música, develando el sinsentido de la televisión y de la tecnocracia. Por su parte, Leonor es parte de la conciencia de su marido, es su compañera y es la brújula que lo trae de vuelta.

Como en La Odisea, Jacinto Molina se pierde para reencontrarse. Se arranca de lo absurdo e injusto del sistema para mostrar que sí es posible otro Chile. A propósito de una reflexión sobre el arte, Nissim Sharim sostiene en su blog: “Hay que evitar la absoluta subordinación de la creación artística a las necesidades de marketing de la industria y el comercio”. Molina resiste, defiende su espacio de libertad, de creación y de amor. Es justamente la relación con su pareja la que lo hace volver a la vida. La pareja de jóvenes actores, Solange Treguear y Rodrigo Contreras, interpretan a Leonor y Jacinto en su juventud.

Esta creación, como otras tantas del ICTUS, ilumina la vida de los espectadores y la historia del país como solo puede hacerlo una obra de arte: sin discursos ni lugares comunes, sino con la belleza de la puesta en escena. La función de la iluminación, la disposición de una austera escenografía y los elementos de utilería hacen que la trascendencia del ser humano interpretado por actores con tanto oficio resplandezca. “La belleza no solo nos entrega una gratificación genérica para el alma y los sentidos, sino también una posibilidad de encontrar la vida con que soñamos”, dice Sharim en su plataforma virtual1. Añade: “El mundo que necesitamos no es menos real que el que tenemos y estamos obligados a aceptar. El mundo que necesitamos: transformar la vida; hacerla más hermosa, más noble, más amable, más sensible, más bella, más verdadera; descubrir que sus pulsiones naturales apuntan hacia eso y no hacia la indignidad ni a la malignidad”. Tras esta reciente creación están los valores de la compañía que ha dado a luz montajes que marcaron la historia de Chile,
como Lindo País esquina con vista a la mar que estaba serena (1984), Residencia en las nubes (1987), Pablo Neruda viene volando (1991) y Devuélveme el rosario de mi madre y quédate con todo lo de Marx (2002). Levántate y corre, como el imperativo evangélico, es un llamado a despertar y a vivir con fe. MSJ

 
 
 
 
 
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