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Diciembre 19, 2016

Discurso de Nissim Sharim en representación de Teatro Ictus- Premio Rene Cassin a los DD.HH 2016

Por Lorenalvarezch


Quiero agradecer en nombre del Teatro Ictus y en el mío, personal, la distinción de que somos objeto.

Reconocimientos como éste nos permiten reiterar un código que  ha orientado permanentemente nuestro empeño:        

Transite por las zonas oscuras de la existencia. Reúna los silencios  necesarios; penetre la superficie de las cosas; convoque a hombres y  mujeres; invénteles la verdad; hábleles despacio y con cariño; convierta el misterio en coloquio y lego transforme el coloquio en algo que seduzca, encante o conmueva.

Así estará haciendo arte. Se estará moviendo en el plano de la cultura.

La sociedad siempre ha necesitado y esperado del Arte una réplica a necesidades no resueltas en la vida social. Y los artistas, sabiéndolo o no, siempre han buscado expresión, a través de su arte, de aquello que sienten verdadero, individualizador, contestatario y auténticamente transgresor. El encuentro de ambas necesidades permite que se produzca el fenómeno artístico.

Jorge Luis Borges sostiene que la literatura (y el arte) no son más que un sueño dirigido, un sueño lúcido que perdura. Así como lo que se sueña no sólo depende del soñador, la dirección del sueño casi nunca depende de inspiradas premeditaciones; más bien depende de espléndidas pesadillas o de milagrosos descubrimientos.

“Los poetas no inventan los poemas;

El poema está en alguna parte, ahí detrás;

Desde hace mucho tiempo está ahí,

El poeta sólo lo descubre.”

Desde mi muy temprana juventud pensé que el teatro sería mi manera de entender la existencia. Recuerdo la primera vez que asistí como espectador a la Sala La Comedia. Fue en 1962: pensé y le dije a mi mujer que me acompañaba en la platea: “¡Qué de cosas se me ocurrirían si yo tuviera este teatro”. Al poco tiempo, ingresaba al Ictus desde donde ya nunca más  me movería.

Era el año 1962 y el ICTUS emergía con un atractivo escénico que ninguno de sus integrantes sospechaba. Mi interés y necesidad y el interés y necesidad de mi grupo, en los años 60, por traer a nuestros escenarios a las nuevas figuras y formas dramáticas que nacían en Europa, en los EEUU y en nuestra propia tierra; el absurdo y la irreverencia, el humor y la trasgresión a los valores más convencionales de la época, coincidían con la necesidad de un grupo social, (si bien minoritario, importante) por penetrar en ese mundo de pequeños delirios, aunque sólo fuera a través del imaginario.-

Después de varios intentos itinerantes en salas como el Petit Rex, el Teatro de la Satch e incluso el Teatro Municipal, de los que sólo conocí “El Cepillo de Dientes”, “Réquiem para un girasol” de Jorge Díaz y “El Cuidador” de Harold Pinter, el Ictus establecía un domicilio que conserva hasta ahora: el teatro La Comedia. Un domicilio que obligó a la profesionalización paulatina del Grupo, a la búsqueda de un estilo de producción y a la consecución y mantención de un grupo estable de teatristas.

Me atrevería a decir que allí nacieron muchos de los teatristas que hoy son ampliamente reconocidos por el medio, como el propio Jorge Díaz que a poco andar, estrenaba sus obras “Variaciones para muertos de percusión*, “El nudo Ciego”, “El lugar donde mueren los mamíferos,” “Introducción al elefante y otras zoologías”.

¿Qué eran todas estas obras que rápidamente salen ya a la palestra de esta reflexión? Demostraciones muy claras de algunos de los resortes fundamentales que caracterizaban la dinámica social de la época y por qué no decirlo- algunas de ellas cuya expresividad era capaz de exceder una época determinada.

La realidad deformada con modalidades grotescas que no sólo estimulaban una suerte de humor encarnizado, sino que también ayudaban a comprender una protesta profunda por la exclusión de poesía y poetas. La mezcla de la metafísica con el más elemental de los coloquios, mecanismo que nos colocaba frente a una realidad conocida, pero que se nos tornaba extraña, que nos hacía reír, pero también comprender que estábamos insertos en mundos cuya lógica deslinda con el absurdo.

La necesidad de comunicarse; a través de las palabras, de los aparatos técnicos (ya en aquel entonces), de la amistad, del amor… La idea de recuperar la palabra, los derechos humanos cuyo sentido y validez emergían espontáneamente en cada uno de nuestros pasos artísticos.

Todo ello tenía que ver con mecanismos de arte y sociedad que sólo muchos años más tarde hemos podido reconocer.

La era de los sesenta representó para el mundo y para nuestro país, una convulsión histórica que necesitaba revisarlo y cambiarlo todo. Con una modalidad a la que por cierto adhirieron los fundadores de Ictus: se sabía muy bien lo que no se quería aunque se vacilara, discrepara o se ignorara aquello que se quería.

A fines de los 60 y comienzos de los 70 vuelve a producirse el encuentro de necesidades. Queríamos saber como iba a ser el fenómeno del cambio. Mientras aplaudíamos la nacionalización del cobre, explorábamos artísticamente cómo se produciría la metamorfosis en las relaciones amorosas a través de obras y formas de trabajo que surgían por esta necesidad y que coincidían con las necesidades de un sector importante de espectadores que buscaba respuesta a ellas.

La idea de descubrir el anuncio de un porvenir que sólo ahora podemos enunciar, estaba implícita en la lucha, elección, montaje y exhibición de obras como “Lenta Danza en el Patíbulo”, “Billy, el Mentiroso”, “Libertad, Libertad”…

La idea de compartir carcajadas con el público, invitándolos a descubrir un mundo real, sin certezas, tiene que haber informado las importantes cuotas de humor que incorporamos a obras como “Cuestionemos la Cuestión”, “Introducción al elefante y otras zoologías”, “Tres noches de un sábado”…

Y claro, todo lo anterior, junto a la necesidad de actores, directores y autores por descubrir el sentido de sus propias conductas que con mucha frecuencia estaban llenas de humor, de absurdo e ironía y que ya antes de las obras recién citadas, habían tenido lugar como expresión dramática en el primer período de indagación social.

Todo ello contribuyó a generar la necesidad de un estilo de producción que se expresó en la creación colectiva y sus diversas modalidades.

Durante la época de la Gran restricción – la dictadura – nuestra necesidad fue visceral y la de nuestros espectadores, también. Concurrían a la sala para encontrar con asombro un universo que parecía perdido y nosotros vivíamos con ellos la magia de la recuperación.

Nuestra vida siempre ha sido una extraña y singular mezcla entre la poesía y la historia que es como suelen definirse nuestros personajes. Atravesamos por momentos en que ha sido difícil distinguir el escenario de la vida real. La coexistencia de nuestra “Primavera con una esquina rota” con el terrible asesinato del hijo de nuestro compañero Roberto Parada en 1985 es una de las demostraciones más patéticas. En el escenario ocurría lo que la realidad confirmaba o quizá en la realidad ocurría lo que el escenario había anticipado.

Y parece que el encuentro de necesidades adquiere su más expresiva dimensión en esta confrontación entre la realidad y la magia.

Uno de los personajes de Shakespeare (Próspero en La Tempestad), dice “..estamos hechos de la misma materia que los sueños…”

Se me ocurre que los teatristas hacemos teatro para averiguar de qué materia estamos hechos.

Una vez me preguntaron, ¿qué mensaje le mandaría a la gente que no le gusta el teatro?

Que vayan a los conciertos, al fútbol. Que escriban. Que militen en política. Que se apasionen por algún sueño. Que defiendan alguna idea grande. Que sean activos. Que se comprometan con la idea que desde cualquier plano se puede hacer algo para enriquecer, hacer más digna y más hermosa la vida propia y la de los demás.

Alguien dijo que la vejez o la longevidad eran formas de insomnio existencial.

Los teatristas del Ictus -yo por lo menos – queremos vivir la longevidad COMO JUVENTUD ACUMULADA en plenitud y transformarla, de insomnio, en un espléndido sueño creativo.

“El arte nos alienta a cumplir la utopía a la que hemos sido destinados”.

Las obras de Ictus estuvieron siempre vinculadas a esa ilusión… a esa promesa misteriosa. “La mar estaba Serena”; “La noche de los volantines” y tantas obras que inventamos y trabajamos con algunos de los mejores escritores de nuestro medio: José Donoso, Carlos Cerda, Sergio Vodanovic, Alfonso Alcalde, David Benavente, Marco A. De la Parra y, claro, por supuesto y muy especialmente, Jorge Díaz:

Y de repente un nuevo estremecimiento: terminó parte de la angustia en Chile con el plebiscito que desplazó a la dictadura de Pinochet; pero casi al mismo tiempo junto con el muro en Europa, se derrumbaron las ilusiones de muchos que creían que la “vida estaba en otra parte”.

“Prohibido suicidarse en Democracia” reveló la necesidad del rescate emocional de muchas de nuestras aspiraciones y deseos. Quizá se transformó en la historia de un desprendimiento como registrando la realidad de la época. Un desprendimiento de aleros seguros relacionados con nuestra historia personal. Y es por eso que el hombrecito que lidera la acción de esa obra, junto con su suicidio lo único que, pide, exige, implora, es que alguien le cante la Internacional, aquello en lo que creyó y que constituyó su base de resistencia.

Así entre risas y evocaciones, aterrizamos en un acto de  invitación a los demás, gracioso y melancólico, adormecido,  pero no muerto…

“¿Alguien quiere cantar?”

Y entonces cobró énfasis el viaje hacia adentro. Tan   potente apareció esta indagación hacia adentro que, a veces, se nos perdió el compañero.

Incluso hubo quienes se inclinaron por aceptar que la década  de los 90 debía convertirse en “el oeste del olvido”.

“Oleanna”, “Sostiene Pereira y sobre todo “Einstein” (“Cuestionar no es nunca una equivocación”), fueron realizaciones que nos sacaron nuevamente al aire escrutador y crítico del entorno y nos permitieron verificar el aporte de los nuevos integrantes del grupo que nos están entregando un talento y una energía insospechados.

Y “El efecto mariposa” nos volvió a enseñar que el aleteo de una mariposa en Canadá no sólo puede ocasionar un huracán en Japón, sino que el mismo aleteo puede restituir y reproducir parte de nuestra propia historia artística y existencial.

Y “Los amores difíciles” que, entre tanta peripecia significativa y alegórica, nos remite a la imagen que Carlos Fuentes nos cuenta en una de sus obras cuando relata que Rembrandt se pintó a si mismo a todas las edades, para culminar en el retrato de un anciano que contiene la mirada de todas sus edades, como si la vejez revelara no sólo la totalidad de una vida, sino que cada una de las múltiples vidas que fuimos o pudimos ser.

Y la obra sobre Freud que nos trajo el desafío de cómo liberar la inteligencia para que vuele más allá de su época.

Y finalmente nuestros “Sueños de la Memoria” que contienen el intento de indagar como cada uno de nosotros se ha vinculado a muchas de las historias que ha contado el Ictus durante su larga trayectoria, las que al mismo tiempo, han sido una manera de mirar la historia de los últimos 50 años de nuestro país.

Y el esfuerzo se centró allí. Con la madura ayuda de Benedetti, Malamud, Onetti, Sabina Berman, y todos nuestros compañeros quisimos mirarnos desde nuestra propia madurez, para descubrir lo que hemos sido y lo que pudimos ser.

Cuántas veces hemos suscrito de distintas maneras, claro, las palabras del dramaturgo David Mamet: “Nos hemos reunido para descubrir de una vez qué es lo que pasa en este mundo. Sin esta disposición puede obtenerse entretenimiento, pero no arte”.

Creemos que el arte es lo que permite la penetración en la escondida intimidad de los sentimientos; en su vida secreta y misteriosa.

Creemos que la Cultura es el plano principal de cualquier orientación política seria. Reeducar el alma de los chilenos; desintoxicarla; rescatarla de tanta indiferencia espirituosa y alarde pragmático.

Entender ,como dice el viejo sabio: Que la vida es sagrada, que de allí emanan todos los demás valores y que el sentido de una vida individual es hacer de la existencia de los demás algo más noble, más digno, más hermoso.

Este reconocimiento honra y dignifica nuestro trabajo.

Este reconocimiento nos ubica dentro de una expresión que rescata el gran actor Marlon Brando en sus memorias. Una   expresión judaica, seychel que en idisch quiere decir:

Perseguir el conocimiento y dejar el mundo convertido en

algo mejor de lo que era cuando llegamos a él.

Este reconocimiento nos estimula a explorar el mundo

para encontrar ese poema que está en alguna parte…ahí… que

siempre ha estado ahí….esperando que alguien lo descubra…

 

Santiago, Diciembre de 2016.

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